Con Thom Yorke en los brazos
Por Rodolfo García.
Catorce años atrás, era un adolescente que se escapaba a escuchar cuanto grupo indie existía. Era una época en que todo se hacía a través de cassettes grabados. Entonces, un skater, Philippe Dussert, me pasó una cinta que me voló la cabeza: Pablo Honey, el disco debut de Radiohead.
En la enseñanza media tenía un grupo con unos compañeros y hacíamos covers de The Doors y Pearl Jam, y la lírica incendiaria y sensual de Jim Morrisson nos apasionaba como a los chicos de La sociedad de los poetas muertos. En el germen de toda esa revolución adolescente, You, el primer tema de Pablo Honey, me hacía un sentido total: “Tú, y yo, y todo, hundiéndose en el fuego”.
Esa idea de de intensidad, largada con tal pasión y desgarro, se transformó en mi leitmotiv. Mi propio mundo se consumía en llamas, pues estaba ad portas de empezar una nueva vida en Europa, y dejar todo atrás, amigos, casa, barrio, colegio, polola. Y encontré a estos forajidos de Oxford.
El cassette no salió más de mi walkman. Me acompañó en los hoteles en que viví en esos meses y en los traslados en avión desde Santiago a París y luego Ginebra. La revuelta emocional de Radiohead me daba fuerzas, me identificaba. Por ello, al ver el letrero que anunciaba que Radiohead tocaba en la universidad de Lausanne, que quedaba a quince minutos de mi casa, quedé pasmado.
El día del concierto, tomé el metro hacia la universidad y me sentí como la niña del video de No Rain de Blind Melon, ésa que se viste de abeja y baila tap, pero nadie la toma en cuenta, hasta que llega a un valle de puros niños abeja. Yo era uno de ellos. Encontré a mis semejantes en ese show: chicos con poleras de Ride y grupos británicos de noise pop que en silencio escuchaba en Santiago.
Quedé en tercera fila. Salieron los músicos, y Thom Yorke empezó los acordes incendiarios de You. En el público prendimos y comenzamos a saltar. Yo estaba en el cielo. Las canciones pasaron y disfruté cada acorde, cada nota aprendida durante meses en una repetición infinita en la casetera.
El espectáculo era fuego puro. Ya había visto a Sting y a Paul McCartney en Chile, pero esto era otra cosa, esto era rock en estado puro. Era un tipo bajo, flaco y medio colorín sacando sus tripas sobre las tablas, acompañado de cuatro músicos que creaban una bulla increíble. Era desafiante. Era punk. Era un grupo de indie rock, con un Thom Yorke con chaqueta de cuero, a años luz de las poses afeminadas de los artistas de glam metal que apasionaban a mi generación.
Yorke tenía actitud y se ponía rojo de tanto cantar. No estaba fingiendo. No le estaba horneando las hormonas a ninguna modelo, se estaba desangrando allá arriba. Y eso me impresionó. Más aún, cuando vi que se lanzaba un piquero, para darse un paseo sostenido por los brazos del público. Así que me encontré de pronto con él ahí arriba, nadando sobre nuestras cabezas, y lo sostuve unos segundos antes de que siguiera su camino. Esa honestidad, ese contacto, me marcó a fuego. Fue mi primer recital de verdad. Radiohead fue mi mejor introducción al indie rock. Hoy llevo unas cuatrocientas reseñas de discos escritas y una cincuentena de entrevistas dedicadas a esta ‘otra música’ que conocí de verdad en vivo, de la mano de Thom Yorke.

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