Beijing 2008, Alemania 1936
Por Rodolfo García.
Tras la última noticia de las recomendaciones del gobierno chino frente a las preguntas de qué puede hacer y no su población a los visitantes extranjeros (respecto a su religión, sexualidad, entre otros temas), y viendo los códigos de comportamiento que China le impone a sus habitantes (no empujar en los estadios, no escupir, no gritar) resulta inevitable no acordarse de los oscuros presagios del británico Georges Orwell en su libro 1984. En esta obra de anticipación sociológica, el inglés vaticinaba una sociedad que controlaba cada paso, acción y pensamiento de sus ciudadanos -‘El gran hermano’-, en pro del bienestar común.
Algo similar ha hecho China, que ha bloqueado por momentos los accesos a Yahoo y YouTube, y censurado Wikipedia y Google -según la revista Times-, para que sus ciudadanos no accedan a la información de las últimas matanzas en el Tíbet, en marzo de este año, las que dejaron centenares de muertos. Entonces, resulta legítimo el cuestionarse por qué el comité olímpico internacional elige un país totalitario con claras violaciones a los derechos humanos como sede para el certamen mundial de las Olimpíadas. De la misma forma que parece absolutamente contra natura que Alemania, en plena histeria nazi y hitleriana, lo haya sido para los mismos juegos en 1936.
¿Acaso China no oprime a los tibetanos? Desde que la armada revolucionaria invadiera la región en 1950, la violencia hacia sus habitantes no ha sido menor. En 1951 fueron obligados a firmar un tratado para renunciar a su autonomía. En 1960, se calcularon 90 mil muertos por la represión del gigante asiático hacia los distintos intentos de levantamiento. Y en 1994, la comunidad en el exilio residente en Suiza calculó 1,2 millones de muertes desde la anexión china.
Las muertes no son sólo humanas. La revolución cultural china se propuso eliminar todo rastro de la religión que este pueblo practica: el budismo tibetano. Más de seis mil templos fueron destruidos durante el movimiento de dominio cultural de los comunistas chinos en los años sesenta. Tan sólo este año, durante el levantamiento de marzo en la zona de Lhasa, el gobierno del Tíbet en exilio en India contabilizó más de cien muertos, mientras que Beijing dijo que sólo habían sido diez. La gota que rebasó el vaso habría sido el maltrato de los ocupantes hacia los monjes. China tampoco quiere que nadie le recuerde sus errores. Un ejemplo, ha declarado persona non grata a todos los artistas, como Bjork, Beastie Boys y Sting, por nombrar los más famosos; que han reivindicado los derechos de esta nación invadida.
‘La historia no nos enseñará nada’, proclamaba Sting en su canción History Will Teach Us Nothing, de 1987. Y al parecer tiene razón. Con el hecho de realizar las Olimpíadas en China, el mundo entero está legitimando un régimen censurador y opresivo, contrario a los principios de libertad que se han instaurado en el mundo contemporáneo desde la Revolución Francesa. Es más, la economía en su conjunto lo está haciendo a través de sus sponsors. Coca Cola, Kodak, General Electric, Johnson and Johnson y Mc Donald’s muestran una suerte de país ideal donde todo funciona perfecto. En sus campañas exhiben al enorme coloso chino como una nación próspera, con un inmenso poderío económico. Es obvio que priman tremendos intereses para estar ahí. No es fácil, en su caso, decir que no al país de los mil millones de consumidores. Tanto así que hacer la vista gorda sobre actos criminales no cuesta mucho.
No son sólo ellos. Los millones de espectadores que seguirán Beijing 2008 serán cómplices tácitos de una dictadura totalitaria que ha matado a millones y que, desgraciadamente, lo sigue haciendo. Las organizaciones de derechos humanos han llamado a boicotear los juegos, a no comprarle productos a las compañías que ofrecen su dinero a este macabro espectáculo, y en última instancia a no ver los juegos para no darle rating a la televisión y sabotear la maquinaria. ¿Acaso nunca imaginamos cómo nos hubiese gustado evitar el genocidio judío, lo repugnante que era ver la abulia del mundo entero frente a los atropellos de Hitler en 1936? ¿No estamos haciendo lo mismo con nuestra apatía y nuestra comodidad por ver un show de entretenimiento? ¿Puede este último afán de diversión más que las vidas de personas subyugadas?
La presunta occidentalización del país oriental esconde a un pueblo militarizado, con una censura centralizada por el partido único en el gobierno, cuyo crecimiento económico es proporcional a la explotación de una mano de obra barata y reducida a la miseria. ¿O los bajos precios no son el incentivo para que los especuladores inviertan allá?
Una vez más, la humanidad se presenta como vergonzosa al hacer oídos sordos al sufrimiento de un país al que le están lavando el cerebro, y cuyos intentos por abrir los ojos han culminado en matanzas como la de plaza Tiananmen. Con esto se demuestra que para dominar, el sistema totalitario no duda en disparar a sus propios hijos, a su propia sangre. Todos irán a la fiesta, del mismo modo en que todos concurrieron al festín de Adolf Hitler ofrecido en Berlín en 1936. Ambos, el partido comunista chino y el nacional socialista tenían sus razones escondidas para considerar a judíos y tibetanos como una raza inferior, a pesar de que tras ese odio racial, subyace sencillamente el más puro y mezquino interés. Por un lado, los judíos poseían las mayores fortunas de Europa, lo que le permitió a Hitler llenar las arcas fiscales al requisarlas. Por el otro, el Tíbet posee una de las mayores reservas mundiales de uranio. China estableció en los sesenta su centro de investigación nuclear del noroeste en la provincia de Qhingai en territorio tibetano, donde se diseñó la mayor parte de los misiles atómicos del país. La extracción del mineral radioactivo perdura hasta hoy, con polémicas medioambientales por el peligro de los desechos para el ecosistema de la zona. El uranio es mejor que el dinero porque es una fuente de energía nuclear y un inmenso arsenal para fabricar armas atómicas. En ambos casos, el planeta entero prefiere desviar la mirada.
¿Qué hacer? ¿Ver los juegos, comprarle a Mc Donald’s, a Kodak, y a los demás sponsors? Quién sabe si las políticas de castigo surgen efecto. Lo único que se me ocurre decir es que estas Olimpíadas son una vergüenza, que todos correrán a comprarle caramelos al asesino y que dará lo mismo que al lado estén matando a patadas a alguien. Nos hemos acostumbrado al dolor ajeno. El horror nos resbala.

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